Desde el Concilio Vaticano II, después de casi 1.700 años en los que gran parte del cristianismo institucional ignoró o minimizó las enseñanzas bíblicas sobre el pacto eterno e irrevocable de Dios con Israel, la Iglesia Católica ha intentado corregir una parte profunda de su enseñanza histórica hacia el pueblo judío.
Nostra Aetate fue un paso enorme en esa dirección. Reconoció las raíces judías del cristianismo, rechazó el antisemitismo y abrió un camino de diálogo que sigue siendo indispensable. Sin embargo, muchas acciones, silencios y ambigüedades papales posteriores, especialmente en los últimos años, han sido percibidas por muchos como contradictorias con ese espíritu.
Por eso, esta nota publicada ayer (16 de septiembre de 2026) por el Vaticano no basta con que llegue a obispos, sacerdotes o documentos oficiales. El verdadero desafío está más abajo: en una cultura religiosa que, en amplios sectores católicos y también en sectores protestantes históricos, nunca fue realmente reeducada por Vaticano II. (Enlace a la nota en los comentarios.)
Ahí persisten viejos reflejos teológicos: la sustitución de Israel, la sospecha hacia el pueblo judío, la incomodidad frente al sionismo y, muchas veces, un antisionismo agresivo que termina reproduciendo formas muy antiguas de antisemitismo.
La Iglesia no solo necesita documentos correctos; necesita una pedagogía valiente que llegue al corazón de sus fieles.
El problema no es solo doctrinal. Es pastoral, cultural y espiritual. Mientras millones de creyentes sigan viendo a Israel como una anomalía política y no como un pueblo vivo con historia, pacto, memoria y derecho a existir, Nostra Aetate seguirá siendo más un documento admirable que una conversión plenamente asumida.
