¿Qué pasaría con nuestra sociedad si quienes tienen poder entendieran que gobernar, dirigir, producir riqueza y ejercer ciudadanía son responsabilidades que deben procurar justicia, paz y bienestar para todos?
El concepto fundamental del “Reino de Dios” es que Dios reina y está presente con Su pueblo aquí y ahora. No se trata solamente de una realidad futura y distante. Jesús anunció que el Reino de Dios se había acercado, y comprenderlo así transforma profundamente la manera en que experimentamos nuestra fe y asumimos nuestra responsabilidad en el mundo.
El Reino ya está presente, aunque todavía esperamos su plena consumación.
Vivir el Reino significa encarnar sus valores en acciones concretas. No basta con hablar de justicia, paz y bienestar. Estos valores tienen que tomar forma en nuestras decisiones personales, empresariales, sociales y políticas.
Cuando denunciamos un salario indigno o uno atrasado, y procuramos condiciones más justas; cuando hablamos con verdad frente al fraude y la corrupción, cuando rechazamos el racismo y toda forma de discriminación, cuando promovemos reconciliación en sociedades polarizadas y cuando tratamos a cada persona con dignidad, estamos mostrando cómo luce la vida bajo el gobierno de Dios.
Esto tiene implicaciones para todos, pero especialmente para quienes ejercen liderazgo.
Un empresario cristiano no puede separar su fe de la manera en que trata a sus empleados. Un político cristiano no puede separar su devoción de la forma en que administra el poder. Un dirigente social no puede hablar de dignidad humana mientras utiliza a las personas como instrumentos para alcanzar sus propios objetivos.
Y aun quien no comparte nuestra fe puede reconocer que una sociedad orientada hacia la justicia, la paz, el bienestar, la verdad, la dignidad humana, el servicio y la reconciliación es preferible a una dominada por la corrupción, el abuso, la violencia, la discriminación y el egoísmo.
Vivir en el Reino significa permitir que la gracia de Dios alcance cada dimensión de nuestra existencia. Encontramos a Dios tanto en las tareas aparentemente ordinarias como en el servicio al necesitado, en nuestro trabajo, nuestras relaciones, nuestras decisiones, nuestra ciudadanía y nuestra responsabilidad hacia la sociedad.
IMPORTANTÍSIMO: no existe una división absoluta entre “lo sagrado” y “lo secular” cuando reconocemos que toda nuestra vida pertenece a Dios. Esta separación entre lo sagrado y lo secular es una de las grandes falsedades que se han hecho creer a la Iglesia, incluso utilizando fuera de contexto algunos versículos bíblicos.
Nuestro trabajo, nuestra profesión, nuestra empresa, nuestra participación política, nuestra responsabilidad ciudadana, nuestra familia y nuestro servicio pueden ser ofrecidos a Dios y realizados para Su gloria.
Esto requiere también una transformación interior. El Espíritu Santo nos capacita para vivir las virtudes de fe, esperanza y amor, mientras aprendemos a expresar los valores del Reino de Dios, entre ellos la justicia, la paz y el bienestar.
Fe, esperanza y amor forman nuestra manera de relacionarnos con Dios y con los demás. Justicia, paz y bienestar muestran cómo el gobierno de Dios comienza a hacerse visible en nuestra manera de relacionarnos con la sociedad.
Pero debemos dejar algo absolutamente claro: vivir conforme a los valores del Reino no es un programa para ganarnos el cielo.
La salvación fue prometida a los Patriarcas, asegurada en el pacto divino con el Rey David, anunciada por los Profetas y confirmada por los Apóstoles. La salvación es un regalo de la gracia divina que recibimos mediante la fe, no una recompensa por nuestras buenas obras. Precisamente porque hemos recibido gratuitamente esa gracia, somos llamados a vivir de una manera coherente con ella.
El cristianismo, entonces, no es solamente un conjunto de creencias acerca de lo que sucederá después de la muerte. Es una manera de vivir bajo el gobierno de Dios desde ahora.
El Reino de Dios confronta los valores injustos de nuestro mundo y presenta una alternativa: justicia frente al abuso, paz frente a la violencia, bienestar frente a la indiferencia, verdad frente al engaño, reconciliación frente a la enemistad, perdón frente a la venganza y servicio frente al egoísmo.
Jesús es Rey hoy, aunque todavía esperamos el día en que Su gobierno será reconocido universalmente.
Ese es el “ya, pero todavía no” del Reino.
JUSTICIA Y AMOR: AQUÍ Y AHORA
Busquen el reino de Dios por encima de todo lo demás y lleven una vida justa, y él les dará todo lo que necesiten.
MATEO 6:33
El Reino ya fue inaugurado. Cristo ya reina. Nosotros ya podemos vivir conforme a sus valores.
Pero todavía esperamos Su regreso y la plena manifestación de Su Reino de amor y justicia en la Tierra.
Mientras tanto, quienes reconocemos al Señor Jesús como Salvador y Rey, tenemos una enorme responsabilidad: no aislarnos del mundo, sino participar responsablemente en él.
¡No estamos llamados solamente a anunciar que existe otro mundo por venir!
Estamos llamados a mostrar, aquí y ahora, cómo podría ser este mundo cuando la justicia, la paz y el bienestar comienzan a desplazar al abuso, la violencia y la indiferencia.
El Reino está presente.
El Rey está reinando.
Y nuestra manera de vivir, liderar, trabajar y servir debería hacerlo visible.
