Dios, el Soberano Juez, ha declarado una sola sentencia condenatoria para el pecador. Esta es, la muerte eterna, la separación de Dios en un lugar de tormento (Romanos 3:23). Nuestro problema es que todos somos pecadores (Romanos 3:10). Eso quiere decir que todos, sin excepción, estamos condenados. La Biblia dice que ninguna buena obra mía puede ayudarme a ser salvo (Efesios 2:9). ¿Pero por qué? Porque la condena no consiste en hacer buenas obras, sino en el estado de muerte, separado de Dios, en un lugar de tormento (Romanos 6:23).
Siendo que la condena es “muy alta”, la salvación tiene un costo semejante. La única manera de que yo sea exculpado de mi pecado, es que un inocente pague mi condena. Tiene que ser un inocente, pues de lo contrario debería pagar por sí mismo. Pues bien, para que un inocente me sustituya, tiene que pagar un precio muy alto. Tiene que pagar con su propia vida. El problema se complica porque ningún ser humano es inocente ante Dios. Sin embargo, Dios quiere que todos los hombres sean salvos (2 Pedro 3:9). Por esa razón Él manifestó Su amor por nosotros, haciéndose hombre en la persona de Jesús (Juan 3:16). Fue así como Él, siendo inocente, es decir, sin pecado, fue hasta la dolorosa muerte en la cruz. ¡Jesucristo fue el sustituto perfecto para que tú y yo pudiéramos ser salvos!
Preguntémonos entonces ahora: ¿Es fácil la salvación? ¿Es barata? ¡No, no, no! Para Jesús, mi salvación le costó vergüenza, abandono, maltrato, dolor, crucifixión, y muerte (1 Pedro 2:21-25). Un precio muy alto, ¿no te parece? Ningún sacrificio nuestro sería tan alto, duro, y costoso, como para poder salvarnos a nosotros mismos de nuestra condenación (Isaías 64:6). Pero nuestro amoroso Dios-Padre decidió concedernos Su Justicia al reconciliarnos Él mismo, y consigo mismo, por medio de Cristo (2 Corintios 5:19a). Por eso, lo más trascendente de la Pasión de Cristo no fue su sufrimiento físico, sino el haber apaciguado la ira de Dios entregando Su propia vida inocente como ofrenda total para quitar de nosotros el pecado. Aunque sea un "misterio divino", podemos contemplar que la Pasión más grande de Cristo no fue haber soportado los azotes, ni la corona de espinas, ni tampoco el haber cargado el madero mismo, sino el haber tenido que soportar hacerse pecado por culpa nuestra (2 Corintios 5:21). Fue tal esa agonía, que eso explica por qué antes de sufrir golpes y clavos, su sudor ya era como grandes gotas de sangre (Lucas 22:44). Tan doloroso fue, que eso explica por qué justo antes de entregar Su Espíritu al Padre, gritó: "¿Por qué me has desamparado?" (Mateo 27:46, Marcos 15:34) para citar en ese momento de angustia, la victoria sobre sus enemigos que se aseguraba en el Salmo 22. Y la respuesta de empatía de Dios el Padre para con Dios el Hijo no se hacía esperar: ¡Una oscuridad y un terremoto, cual manifestación expresiva del llanto de Dios! (Mateo 27:45 y 51)
Está claro, entonces, que la salvación tiene un precio muy alto. Ni con todo el oro del mundo, ni con todas las buenas obras que alguien se pueda imaginar hacer, puedes adquirirla. Por esa razón es que Dios te la ofrece como un regalo. Así todo el mérito es solamente de Él (Efesios 2:8,9). Dios quiere que tú seas salvo. Sabemos que Dios quiere que hagas buenas obras (Efesios 2:10), que le ames y obedezcas más que a nadie (Mateo 22:37), pero NO quiere que pienses que porque obedeces Sus mandamientos, o porque haces buenas obras con tu prójimo, eres merecedor del Cielo. Lo único que lograrías pensando así, es menospreciar la muerte de Jesús (Gálatas 2:21). Recuerda: Por tu pecado, estás condenado a pasar la eternidad separado de Dios, en un estado eterno de muerte espiritual. Ese es el único pago que te corresponde hacer. Sólo Jesús puede cancelar tu condena perdonando todos, absolutamente todos, los pecados que has cometido, cometes y cometerás (Colosenses 2:13,14). Jesús pagó por ti el precio altísimo de la salvación al morir en la cruz. La resurrección de Jesús es una evidencia de que la justicia de Dios quedó satisfecha.

“...Cuando enseñes,
hazlo con integridad y seriedad,
y con un mensaje
sano e intachable...”
Tito 2:7-8 (NVI) ~ 2 Timoteo 3:17 (LBLA)

Miguel Antonio Muñoz Valeriano
Teólogo
Consultor Educativo en Desarrollo Humano
Miguel Muñoz es catedrático en la Universidad Cristiana de Honduras, Instructor en la Fundación Nacional para el Desarrollo de Honduras y Director de Desarrollo Institucional en la Sociedad Bíblica de Honduras. Reside en San Pedro Sula junto con su esposa Esther y sus tres hijos varones.
Miguel fue director de relaciones públicas en una organización cristiana internacional. Después, siendo pastor de una iglesia en Guatemala sirvió a la vez como director ejecutivo de una O.N.G. del área socio-educativa. Regresó nuevamente a Honduras como director académico de una escuela de formación de líderes. Ha realizado estudios de pregrado en Biblia y Teología, así como en Ingeniería Industrial. Actualmente avanza en su Masters en Educación.
Estoy muy agradecido con Dios, quien por Su Misericordia motiva nuestra pasión por ver vidas transformadas, y quién mediante Su Espíritu Santo, nuestro "Maestro por excelencia", nos capacita continuamente con la Biblia, "nuestra autoridad suprema y final en cuanto a la fe, la conducta y la vida". Agradeceré también que leas AQUÍ el testimonio de nuestro ministerio virtual a través del cual buscamos, en el nombre de Jesús, presentar claramente el Evangelio a TodasLasNaciones, retransmitiendo principios y valores bíblicos al estar EquipandoLíderes latinoamericanos para que sean de influencia.

MIGUEL, mi abuelo tenía ese nombre; mis tres hijos lo tienen. El significado de mi nombre es como una música que me impulsa a conocer al Padre, a imitar al Hijo, a empoderarme en el Espíritu... todo para que la alabanza, la honra y el reconocimiento sean para Aquel a quien nadie se le asemeja en santidad, poder y gloria, en verdad y justicia, en gracia y misericordia. El nombre Miguel significa: "¡Quién como Dios!"
Mi visión personal
Me veo a mí mismo por gracia y misericordia de Dios equipando líderes para que sean de influencia desde Latino América a Todas Las Naciones.
Mi misión personal:
Soy un seguidor de Jesucristo,
comprometido con Su Palabra
y cumpliendo la gran comisión,
para ser medio de bendición
a mis semejantes:
Con mi familia,
como un líder amoroso;
Con mis amigos,
como un pastor-maestro diligente;
y en la Obra de Dios,
como un colaborador solícito.
Así ofreceré,
en el poder del Espíritu Santo,
una vida de servicio
que glorifique a mi Padre Celestial.
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